Varda-visión
 

Por Héctor Justino Hernández 

Debo confesar que aún no me he sentado a ver la obra completa de Agnes Varda. Las pocas películas de su autoría a las que he tenido acceso me han dejado con una ambigua, pero encantadora, sensación de nostalgia. No descarto, entonces, en un futuro volver a escribir en torno a su obra, sobre todo a la luz de otros largometrajes que me vaya encontrando. Por ahora quisiera concentrarme en una muestra pequeñísima de su filmografía. Tres documentales que pertenecen a épocas distintas, no obstante que en su composición se encuentran claras muestras del estilo y la capacidad cinematográfica de la directora francesa.

     En Daguerrotypes (1975), Agnes Varda sale a la calle con una cámara y entrevista a sus vecinos, los tenderos y dueños de negocios que viven cerca de ella. En Las espigadoras y la espigadora (2002), hace un recorrido por la campiña francesa para hablar de la comida y del antiguo oficio de recolectarla a partir de los desechos de los agricultores y de las empresas de alimentos. Por último, en Las playas de Agnes Varda (2008), por medio de su contacto con el mar, hace un recorrido de su vida, sus películas y su relación amorosa con el director Jacques Demy.

Fotograma de Las playas de Agnes

Fotograma tomado de Las playas de Agnes

 

     En estos tres documentales saltan a la vista algunas invariantes que hacen del cine de Varda una visión particular del mundo. Pero antes, una reflexión: me gusta comparar sus películas con la literatura de autoficción. Esos libros que hablan desde el yo particular del autor que escribe y que cuentan una historia íntima del mismo. A veces, este tipo de literatura suele caer en el exceso, pero, en general, existen ejemplos destacables de la misma. En la autoficción, el autor nos promete contarnos todo, exponerse en sus palabras. Hacernos parte de su vida íntima. En sus documentales, Agnes Varda realiza un acto similar, invitándonos a conocerla. Por medio de una especie de autoficción, habla de otros temas para hablar de ella misma. Pero no lo hace desde el ego o desde el narcicismo, sino desde el gusto por compartir. Su cine no nace de la vanagloria personal, sino del afán por compartir con el otro un descubrimiento, una postura, una emoción.

     Sobre las invariantes: en el cine de Varda la cámara se convierte en un personaje más, deja su papel narrativo, para volverse una entidad relevante con la que la autora-directora dialoga. Consciente de que atrás del lente, al otro lado de una larga cadena de distribución, existe otro yo que se encuentra viendo y escuchando, la directora consigue un acierto al hacer evidente que habla a alguien más. En los documentales se suele conversar con una entidad etérea, o con el mismo director o entrevistador. En la obra de Varda sabemos que hay un ser específico del otro lado de la pantalla que deja una parte suya en lo que nos muestra. No hay. por tanto, límites entre el ojo maravillado de la directora y el mundo que desea mostrar, sino una unión indisoluble.

 

     Todo lo anterior, también se mezcla o se filtra hacia el lenguaje mismo de la película. Sus montajes persiguen una cadencia en la que los testimonios en primera persona se mezclan con el recuerdo y con otros tipos de obras artísticas: pinturas, collages, performances, recreaciones, fotografías, música. Cualquier recurso que se encuentre a la mano es utilizado en la construcción narrativa de su obra. No hay un límite claro en las posibilidades de los recursos, permite que fluyan y se derramen. Esto, en lugar de aparecer de manera fortuita, forma parte del mundo que nos plantea y, por ello mismo, consigue una armonía con la totalidad de la obra.

En este sentido, su cine presenta unidad y sentido, pese a los diversos temas que aborda. Fluye hasta nuestros ojos con un ritmo y una sensibilidad cercanos a la poesía. Más allá de su obra como una larga autobiografía, el cine de Agnes Varda consigue poner de relieve una personalidad que observa el mundo a través de un filtro de empatía y amor inigualables.

 

Héctor Justino Hernández

Narrador y ensayista. Ha publicado Dimorfismo (2019), Drenaje a cielo abierto (de próxima aparición, Poetazos y Sangre ediciones), La máscara de Miguel (Ganadora del X concurso de cuento infantil convocado por el IVEC). Ha aparecido también en revistas como La Palabra y el Hombre, Punto de Partida y Ágora, entre otras.