Una visión apolínea
 

Por Jacobo Venegas

El instinto y la voluntad, son dos fuerzas que han participado poderosamente en la historia de la humanidad. Al parecer están presentes en todo acto de existencia. Pulsan en todo momento la manera en que se interpreta una de las disyuntivas más extraordinarias del alma, y se padecen como un asunto, más que existencial, sí ontológico, y, por ende, ético. La materialización conceptual de tales fuerzas ha resultado multiforme según culturas y temporalidad; la hegemonía religiosa del cristianismo plantea y sostiene que esto es un problema maniqueo, entre el bien y el mal. No obstante, es una forma vulgar y constreñida de significar la complejidad y trascendencia de este asunto tan temible como antiguo. Así, más que tratarlo en sentido religioso y dogmático, Nietzsche lo hace en un sentido filosófico, con las deidades griegas –Apolo y Dioniso- como responsables de esta tensión vital, en “La visión Diosnisiaca del mundo”[1].

     El filósofo alemán nos dice que Apolo es el Dios de la apariencia, del sueño, de lo oníricamente elaborado; mientras Dioniso es el Dios del estado original, del instinto natural, de la espontaneidad sin estratificaciones de ningún tipo; y que estos dos Dioses, fundidos, forman la obra de arte de la tragedia de Atenas. Es necesario decir dos cosas para una mejor aproximación a los conceptos e ideas nietszcheanas. La primera, que la representación trágica ática sirve como analogía para exponer los elementos de la disyuntiva humana. Y, la segunda, que una  de las ideas y exigencias del filósofo a lo largo de su obra es el hecho de que la vida, la existencia humana, debe ser experimentada y construida como una obra de arte. 

 

     Para versar sobre el papel que juegan cada uno de estos Dioses, o la manera en que los humanos estamos expuestos a estas fuerzas, la obra citada propone una docta metáfora en la que el escultor ve en la piedra de mármol su sueño; la esculpe y el Dios está representado en la escultura: ahí está Apolo. Mientras que en Dioniso, el hombre descansa en la embriaguez, que es el instinto primaveral y la bebida narcótica, en una forma de reconciliarse con la naturaleza en un estatus de lo “general-humano”.  Así pues, la piedra de mármol es al escultor lo que el hombre a la naturaleza: está a su merced.

     En el estado dionisiaco se pierde toda individualidad, el instinto se empareja con todas las criaturas. No existen diferencias ni estructuras, no existen sueños ni voluntad creativa; es todo un alarido esencial orgiástico.

“De manera espontánea la tierra ofrece sus dones, pacíficamente se acercan los animales más salvajes: panteras y tigres arrastran el carro, adornado con flores, de Dioniso”. [2]

 

La verdad en Dioniso se revela en el éxtasis y el descargue para vivir el ditirambo. Es la fiesta primordial de los sentidos; el ser se abandona y expande en las bondades sin reticencia de la naturaleza, se olvida de sí, se hace una fisiología total con todo lo vivo y sensible, todo es del mismo tamaño y convive en armonía  primordial. Entonces, el principio de individuación es eliminado, y esta fiesta orgiástica es en función del sentimiento del pueblo, de la masa ávida de vaciar su instinto y manifestarse en la misma dimensión del gran árbol o la gran montaña.

 

“…las jóvenes muchachas y las mujeres dejan caer los rizos sobre los hombros, la piel de venado es puesta en orden, si, al dormir, los lazos y las cintas se habían soltado.   Las mujeres se ciñen con serpientes, que lamen confiadamente sus mejillas, algunas toman en sus brazos lobos y venados y los amamantan. Todas se adornan con coronas de hiedra y con enredaderas; una percusión con el tirso en las rocas, y el agua sale a borbotones; un golpe con el bastón en el suelo, y un manantial de vino brota. Dulce miel destila de las ramas; basta que alguien toque el suelo con las puntas de los pies para que brote leche blanca como la nieve”[3]

 

Mientras, Apolo es el Dios de la apariencia de la esencia, de la bella luz, de la armonía y la voluntad creativa: Apolo es albedrío. Él es la representación y el velo que envuelve y suaviza la verdad, y provoca otra realidad. El artificio y la técnica son instrumentos tácitos apolíneos. Mientras Dioniso y el impulso del ditirambo, del komo[*] ritual, son el deseo inmediato de la muerte, del fin, de la erosión de la vida y la desenfrenada embriaguez que desampara alguna posibilidad de elección del ensueño, Apolo con su bella apariencia, salva a Dioniso de sí; lo hace prisionero para aprender de él.  

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En consecuencia, Dioniso es la algarabía y lo espantoso. Apolo es sabiduría y hasta intelecto. Sin profundizar tanto, se puede afirmar que estas son las poderosas e inmanentes fuerzas que hacen del ser humano y el devenir de su vida una tragedia. De ahí que el filósofo componga y construya a partir de la forma trágica griega. Él nos dice que, si algo es admirable en los griegos, es el hecho de que lo que para otras culturas es parte de su cosmología y de sus castigos emocionales por excesos, como la culpa y el desprecio, en ellos, es su habilidad para sublimar esto a la dimensión espiritual; y es que el pueblo heleno temía enormemente lo espantoso e irremediable del destino, era vital representar en las dos deidades, las fuerzas que hicieran de la tragedia una obra de arte. No en equilibrio, pues si así fuera, no habría tragedia. En acompañamiento siempre, sin nunca ponerse de acuerdo o convenir una simbiosis; en tensión permanente llena de dolor y belleza, de abandono y forma, de espontaneidad y técnica, de instinto y voluntad creativa.

     No es el cielo y el infierno, ni el bien y el mal, ni mucho menos la virtud y el vicio; es, pues, una composición casi fisiológica, en donde el instinto se baña de voluntad colectiva, y la voluntad creativa individualiza el onírico impulso que da otra oportunidad de vida. Apolo y Dioniso en eterna guerra que templa el corazón del hombre, entre los escombros de las batallas, crean símbolos que ha de hacer el signo que susurra la realidad, la dice y la esconde al mismo tiempo. Es el trayecto vital humano, aceptando que la tragedia es un estado permanente por la interminable y necia lucha entre estos Dioses; así, el último y estridente camino que resta es hacer de la vida una obra de arte; en la que la estructura y la espontaneidad, sin estar juntas hacen el signo que ha de significar la verdad de una existencia.  

 

     Me permitiré un atrevimiento, al suponer que lo que más se asemeja a tal elaboración del signo que ha de representar la verdadera existencia, es la poesía. Nietszche recurre a sus gustos musicales y a su metafórica dialéctica para exponer elementos de la construcción poética, que asemejan con los símbolos apolíneos y dionisiacos, que hacen el pensamiento trágico, en la que la metáfora, la analogía, el oxímoron, el hipérbaton y otras muchas más, danzan alrededor de lo que el poeta quiere dejar entrever para decir una existencia, un fin, tal vez una verdad humana. Es difícil encontrar los vocablos pertinentes que coadyuven a vaciar el contenido de tales conceptos; por ello tomaré una licencia para que a partir de un revelador poema de León Felipe, pueda aspirar a acercarme un poco al huraño filósofo alemán.

                                                                  Cómo tú

 

                                                      Así es mi vida, piedra,

                                                      Cómo tú; cómo tú, piedra pequeña;

                                                      Cómo tú, piedra ligera;

                                                      Cómo tú, canto que ruedas por

                                                      Las calzadas y por las veredas;

                                                      cómo tú

                                                      guijarro humilde de las carreteras;

                                                      cómo tú, que en días de tormenta te hundes

                                                      en el cieno de la tierra

                                                     y luego centellas, bajo los cascos y bajo las ruedas;

                                                     cómo tú, que no has servido

                                                     para ser ni piedra de una lonja,

                                                     ni piedra de una Audiencia,

                                                     ni piedra de un Palacio,

                                                     ni piedra de una iglesia;

                                                     cómo tú, piedra aventurera;

                                                     cómo tú, que, tal vez estás hecha

                                                     sólo para una honda,

                                                     piedra pequeña

                                                     y  

                                                     ligera…

 

León Felipe

En este poema, el poeta, deja entrever para decodificar, la tragedia de una vida; que si bien está hecha para erosionarse, para abandonarse al camino, para estar en todo y no ser parte de nada, para su fin descubriéndose pequeña y ligera, frágil; así, al mismo tiempo, se es parte, se contribuye, se hace de la vida un canto que lo convierte en unidad con el mundo, que aún en la delimitación política, religiosa y social, se revela, rueda y hace presencia y con su presencia está pero no es. Se existe para morir, para destruirse, para darse hasta la extinción, pero en ese trayecto, la belleza de Apolo devela el impulso creativo y el Dios que se manifiesta en el signo último que hacen los símbolos vitales. Apolo reaparece constantemente en cada último momento de Dioniso, para dar sentido creativo y razón intelectual, armonía en los musicales alaridos dionisiacos que retumban en las paredes del alma.   

[1] Nietszche, Friedrich. “El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo”. Escritos preparatorios. México D.F.: Alianza Editorial Mexicana, 1989. 

[2] Op. Cit. 

[3] Eurípides. "Las bacantes". Tragedias, III. Madrid: Gredos, 2008.

[*] Eran una especie de procesión ritual carnavalesca. 

Jacobo Venegas

Nació en la Ciudad de México. Es Licenciado en Creación Literaria, así como Maestro en Humanismo y Cultura por el Instituto Cultural Helénico. Escribe poesía, narrativa y ensayo, así como investigación relacionada con la creación literaria. Publicó: Sangre prestada (1998), ... Y con la misma gente (2008). Obtuvo el tercer lugar en el Concurso de Cuento Erótico "Gonzalo Martré" convocado por la Cofradía de Coyotes con el cuento "Lucrecia", editado en Rincón de cenobitas. Ha participado en Congresos Internacionales en Santo Domingo, República Dominicana, y en Cartagena de Indias, Colombia, con trabajos como "La creación literaria en la música RAP" y "Arte y Creación en Cien años de Soledad".