Una hiena que no termina de parir

Por Tania Acosta Ayala

Me asombra la facilidad para perder el control de nuestras acciones. Si este encuentro hubiera sido ayer, me mostraría genuinamente orgullosa de mi capacidad para identificar el momento en que una pasión amenazaba con desbordarme y la eficacia con la que actuaba ante ella. Contundente y firme. Pero eso hubiese sido ayer. Ahora sé de una parte resistente a tales propósitos.

 

     Para evitar conjeturas mediocres, requerirán conocer algunos datos de mi historia. He de advertirles que no podré proporcionar información suficiente para hipótesis cabales. Sin embargo, a pesar de que mi memoria es un esbozo cubista, mis recuerdos no están perdidos. Aún tengo acceso a algunas escenas con suficiente precisión y detalle como para que establezcan conexiones o alguna pregunta pertinente en el caso que nos ocupa.

 

     Doy inicio.

 

     Era un lunes como no habrá otro en mi vida. Desperté y me alisté con el ánimo que me acompañó los últimos cuatro o cinco años. Mientras elegía las alhajas, un cambio de temperatura atrajo mi atención. Comenzó a llover. Algo en el cielo me hizo pensar en el mapa del siglo XII que tengo en la sala. En él se observa la Ciudad Santa como una clara y definitiva señal para la guerra. Sentí frío y busqué el chal de lana mientras las nubes desdibujaban sus contornos. El personal de servicio dejó el almuerzo en la mesa de mi habitación, ubicada frente a una ventana amplia con vista al campo. Lo acostumbrado era un plato con fruta y café, pero debido al cansancio de las últimas semanas, indiqué incorporar a mi dieta jugo de manzana, fresa y ciruelas. Además de dicho estado, el dolor de cabeza también era constante. Dormir era complicado por lo que recurría al clonazepam. Por supuesto, debidamente prescrito por el médico de la familia.

     Comí hasta quedar satisfecha. Al concluir, me alejé de la ventana como si ardiera en llamas, con asombro y temor. Me detuve ante el libro en la cómoda, el separador indicaba Mateo 16:24 <<renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme>>. Sonreí, mientras con el dedo índice recorría el filo dorado. La cruz y la renuncia, ¿semejantes al fraude actoral o solo modos de encauzar la miseria humana?

 

     Esperaba. En cualquier instante escucharía su voz reptando entre los apacibles sonidos de aquel limbo. Dejé a un lado el libro y tomé el cepillo. Lo deslicé igual que lo hacía sobre el cabello lacio y negro de Elisa. Recordé las diez últimas celebraciones de su nacimiento, y sentí júbilo al distinguirlas de las mías. 

     Como otras ocasiones, estudié su rostro en mi memoria. Recorrí con lentitud su contorno. Era casi alguien, lástima de su idiotez. Dormir, vestirse, bañarse y comer le representaban dificultad. En razón a ello, siempre ha tenido enfermera de planta. 

 

     Es decepcionante que los currículums no coincidan con las acciones, la última enfermera desató las amarras y Elisa rodó al piso. Tuve que esperar casi siete horas para que el médico llegara, la auscultara y finalmente autorizara moverla. Por ese tipo de errores me vi obligada a supervisar directamente su cuidado. 

 

     Hubiera sido mejor no hacerlo.

     A excepción de contadas ocasiones en que la desesperación se tradujo en maltrato, podría decir que mi desempeño fue casi impecable. De hecho, estuve a punto de refinar mis técnicas de observación, análisis y asistencia. Lamentablemente la relación con Elisa se transformó. Algo en mí crecía de manera persistente y apresurada, igual que la niebla en el invierno.

 

     Cuando nació visité a varios médicos. Ninguno determinó la causa de su estado. Si la explicación fuera orgánica, quizá la historia hubiese sido otra. Se limitaron a repetir que su condición la hacía diferente y agregaron detalles sobre los cuidados que requería. Después del noveno médico, preferí mi interpretación. Estaría esclavizada a esa muñeca de trapo hasta mi muerte. La atención ha sido desgastante.

 

     Con exactitud, a las nueve surgió la voz de una hiena que no termina de parir.

 

     Mi regla era no entrar sola a su recámara. Al llegar la nueva enfermera daba inicio la rutina. Asearla, vestirla, darle de comer y vigilar que no se ahogara. Lo primero estaba dirigido a hacer de su apariencia algo tolerable. Lo segundo a evitar papeleo jurídico. Exigí ropa que cubriera la mayor parte de su cuerpo. Siempre vigilé que su cabello estuviera sujetado de modo apropiado. La cocinera preparaba el alimento, yo sostenía el plato y la enfermera se encargaba del resto. Al finalizar, la colocábamos de costado. Siempre agradecí en silencio a cualquiera que me evitara el contacto con su piel. En los últimos cuatro años, aunque no era frecuente, sí llegué a exaltarme. Me parece que el tema era esa mueca, un gesto a medio hacer que dejaba al descubierto su inutilidad. Intenté acostumbrarme, integrarla a la habitación como parte del decorado. Nunca lo logré. Cuando la enfermera salía por algún lapso prolongado y los demás realizaban sus tareas y era imperioso que yo permaneciera a su lado, cubría su rostro con la sábana, esperando que desapareciera su mueca.  

 

     Permítanme ser rigurosa. Cuando digo que escuché una voz, exagero. “Voz” es demasiado para aquel gemido. Tenía la impresión de que se trataba de una afrenta, y que si mostraba mi padecer de algún modo ella sería superior a mí. En este punto surgían malestares estomacales y podía durar hasta tres días sin alimentarme. Eso me mostraba parte de su poder.

 

     La mañana transcurrió sin cambios. Después de la comida, le recordé a la enfermera que comprara el carbonato de sodio, lo necesitaría para las gárgaras del día siguiente. Además de ese encargo, alguien del personal de limpieza me solicitó unas vendas para atender un tobillo que se había lastimado en el desempeño de sus tareas. Qué fastidio, pensé, pero bajo el principio de las buenas costumbres, anexé tal solicitud.

     El personal concluía sus labores a las siete y se retiraba a descansar a los cuartos de servicio ubicados al fondo del patio. No dormían en los de la casa por precaución. No sabes lo que puede ocurrírseles. Un día podrían despertar, sentirse ofuscados, abandonarse a sus frustraciones, dirigirse a la cocina, tomar un cuchillo, andar con sigilo hasta tu habitación y enterrártelo. Tampoco comparto la idea de permanecer temporadas largas con el mismo personal, con el tiempo se generan ilusiones sobre sus condiciones y posibilidades. Ha ocurrido que, al sentirse cómodos, se planteen atribuciones o eso que algunos llaman <<derechos>>.

 

     La lluvia continuó, fue un concierto de truenos, viento y granizo. Pensé en el arca de Noé y detesté que la casa salvara a ese animal llamado Elisa. La enfermera tardó demasiado. Me acerqué a la puerta. Se esforzaba por llamar a alguien, quejándose igual que el ciego ante la oscuridad. Mantuve apretados los párpados, deseando salir de allí. Tenía sed y el dolor de cabeza era intenso. Al buscar una silla noté que la iluminación del lugar había cambiado. Elisa bufaba. Imaginé su saliva escurriendo por las comisuras. Manos y pies deformes y tiesos. Sabe que la escucho, que siempre estoy cerca. Probablemente detecta mi olor.

 

     No resistí y entré a la habitación.  

 

     Salí con dificultad. El ventanal era una retícula renacentista. En el ambiente flotó un aroma dulce como la sangre del mundo. Cuando llegué a las escaleras, escuché ruidos del cerrojo. Allí me encontraron, llamaron al médico y me trasladaron a este lugar.

 

     No tengo nada que agregar a mi declaración. 

 

 

 

Tania Acosta Ayala

Psicoanalista y artista visual. Es Doctora en Investigación Psicoanalítica por la Sociedad Psicoanalítica de México (SPM) y Maestra en Artes Visuales por la Escuela de Artes y Diseño de la UNAM. Se ha desempeñado como catedrática a nivel superior y posgrado en instituciones como la Escuela de Artes y Diseño del INBA, la Universidad Iberoamericana y la Universidad del Valle de México. Entre sus exposiciones individuales se encuentra Relieves en la piel. El otro cuerpo en la Galería de la UAM-I. Es cofundadora de la Colección de Arte Zapata Acosta, de Revista Los Contemporáneos y del Centro de Estudios Contemporáneos. Ha codirigido los ciclos FiloLetras y FilosofArte en el IFAL-Casa de Francia, de la Embajada de Francia en México.