Sobre El señor de los anillos

Por Héctor Justino Hernández 

Este 2021, La comunidad del anillo, primera parte de la trilogía de El señor de los anillos, cumple veinte años de haber sido estrenada en cines. Dos décadas han pasado desde la primera vez que apareció la historia de Frodo y su vigencia parece continuar. En este escrito pretendo dar un breve esbozo de algunas nociones por las que los filmes se han vuelto tan importantes, hasta el punto que en México (y varios otros países) han regresado a la gran pantalla hace poco. ¿Qué hace de El señor de los anillos una serie de películas tan querida por un público específico? ¿Por qué sus fanáticos siguen consumiendo sus corolarios, desde la poco afortunada trilogía de El hobbit, hasta la nueva serie de Amazon, la más cara de la historia?

     J.R.R. Tolkien, en su ya clásico ensayo Sobre los cuentos de hadas (1947), afirma que uno de los rasgos más importante de la fantasía es la evasión, no entendida como un alejamiento de la experiencia vital del ser humano, sino como una especie de acto de rebeldía, que busca, a partir de la exploración de mundos posibles, esas verdades universales con las que solo el arte puede dar. Con esto en mente, me surge la duda, ¿por qué la obra de Tolkien se ha vuelto tan popular, a diferencia de sus antecesoras y de sus innumerables copias y homenajes, al grado de haber fundado un género en sí mismo, la fantasía épica?

Fotograma de El señor de los anillos

Fotograma de El señor de los anillos

 

     Quizás la razón (una de tantas) se encuentre en una de las leyes de la Gestalt: el todo es más que la suma de sus partes. Porque la obra de Tolkien está construida sobre una complejidad manifiesta. No solo implicó la creación de idiomas con sus reglas y particularidades, sino también la inclusión de una geografía imaginaria creíble y una historia que se remontó desde la creación del mundo hasta su posible término. Todas estas partes, todos estos elementos, por sí solos constituyen curiosidades que dan la apariencia de una vasta profundidad, pero en conjunto, en orden, armonizan y se vuelven un todo que consigue una doble sensación de figura y fondo. Al mismo tiempo que hace verosímil su mundo por medio de hechos intrincados de manera efectiva, también lo hace creando una historia que sustente lo ocurrido, es decir, la ilusión de una realidad alterna, de un pasado mítico y fundacional. En ocasiones esta construcción de mundo, casi obsesiva en El señor de los anillos, es dejada de lado por el maremágnum de publicaciones que aparecen anualmente en estanterías y en el ingente número de películas que se proyectan: los creadores suelen olvidar que no solo es necesario concentrarse en la trama, sino también en la hechura de un universo que pueda existir por sí solo.

     Vuelvo entonces a la duda inicial, a la popularidad de las películas de Jackson. Considero que él logró trasladar a la pantalla la combinación de la figura y el fondo que describo, de tal manera que resulta semejante a lo hecho por el autor original en los libros. La adaptación consigue ese extraño equilibrio entre no desvirtuar el contenido original, pero, al mismo tiempo, proponer un contenido nuevo (el destino de Saruman, por ejemplo). Todo lo cual resulta en una exploración de la necesidad humana por encontrar en la figura del héroe un modelo a seguir que permita, sí, la evasión, pero también la identificación como una forma de catarsis. Una purga de todo lo terrible que representa Sauron, para así, al abandonar los Puertos Grises, viajar a las Tierras Imperecederas sin mácula que nos lastre.

     Quizás las películas de El señor de los anillos están destinadas a envejecer como otras ficciones populares en su momento, condenadas también a tener revisiones y spin-offs. Material hay de sobra en las notas y ensayos publicados por Cristopher Tolkien. También es muy posible que nunca se vuelva a la afortunada coincidencia de la conjunción entre la figura y el fondo de la primera trilogía de Jackson. Y en esto radica una de las grandes virtudes de la experiencia estética: el encuentro del ser humano con la impresión que provoca un arte singular, el encuentro de varios factores en una pieza que conjuga la aceptación popular y el consenso crítico.

 

Héctor Justino Hernández

Narrador y ensayista. Ha publicado Dimorfismo (2019), Drenaje a cielo abierto (de próxima aparición, Poetazos y Sangre ediciones), La máscara de Miguel (Ganadora del X concurso de cuento infantil convocado por el IVEC). Ha aparecido también en revistas como La Palabra y el Hombre, Punto de Partida y Ágora, entre otras.