La naturaleza ante la inminente urbanización del mundo

Por Alejandro Cristiá Batista 

A pesar del avance en todas las áreas del conocimiento que han repercutido en la forma en que levantamos ciudades, no se podría decir que éstas sean concebidas por nuestra acción directa como participantes activos de las políticas públicas, por el contrario, son prefiguradas para satisfacer nuevas necesidades más allá del hábitat humano.

     ¿Podríamos imaginar a los gestores principales que se han encargado de la proliferación de los más recientes sistemas de ciudad? En primer lugar podemos destacar el Estado, que establece y regula las pautas desde donde el segundo actor, el mercado, opera y se permite proyectar con base a los lineamientos establecidos. En un tercer lugar podríamos mencionar la información masiva que se encarga de esparcir los discursos contenidos en estas obras más allá de los límites espaciales y temporales.

Ahora bien, ¿dónde entra el arquitecto, el planificador? ¿Son acaso un cuarto agente? El arquitecto o el urbanista normalmente no es quien genera la necesidad de la obra, tampoco quien pone el capital para su ejecución, ni se encarga de establecer la ideología ya encontrada en el sistema de ciudades. En otras palabras, es común que los arquitectos se encuentren sujetos a los tres agentes mencionados, ya que suelen servir a un individuo o a un grupo en particular, no a la estructura social (aunque muchos aseguren que ejercen la profesión más humanista y ecológicamente comprometida).

Por Laura Severino

Imagen: Laura Severino

 

     A lo largo de los siglos los mercados se abrirían a toda clase de necesidades por conocer, pues la tierra en la que se instauran genera riqueza. El espacio natural llega a concebirse como una fragmentación de materias primas que dan vida y movimiento a las efímeras producciones humanas; pero un error sería creer que la dominación del espacio natural a favor del construido con fines meramente productivos o económicos es consecuencia particular de la modernización. Cicerón, hace más de 2000 años, en su obra Sobre la naturaleza de los dioses, ya evidenciaba este sometimiento de la naturaleza ante el paso humano:

 

<<Sólo nosotros tenemos la capacidad para encauzar, gracias a la ciencia de la navegación, todos    esos fenómenos violentísimos que la naturaleza ha engendrado […]. Del mismo modo, todo dominio sobre los bienes terrestres se da en el hombre: nosotros gozamos de las llanuras y los montes, nuestros son los arroyos, nuestros los lagos, nosotros sembramos las mieses, nosotros los árboles, nosotros damos fecundidad a las tierras mediante conducciones de agua, nosotros contenemos, dirigimos y desviamos los ríos. Con nuestras manos, en fin, nos proponemos crear casi una segunda naturaleza dentro del mundo de la naturaleza.>>

 

     La constante necesidad de expandir el comercio no ha hecho más que acelerar la construcción de ciudades, y con ello los intentos de urbanizar desde campos hasta desiertos. En otras palabras, lo que alguna vez fue una diferenciación territorial ahora se presenta como espacios todavía no urbanizados.

Las grandes extensiones de tierra que, bajo efectos de transformación se convierten en medios de reproducción, es decir, en esa “segunda naturaleza”, suelen ser apropiados por la gran industria. Esta lógica supone que el sistema económico avanza según la capacidad de regeneración de los recursos, pero, como apuntaba Elmar Altvater, los ciclos espacio-temporales de la naturaleza terminan siendo sustituidos por ciclos espacio-temporales industriales. El capitalismo se alimenta según una lógica de circularidad de demanda de consumo infinita basada en la reinversión de la plusvalía, mientras que la naturaleza, no solo no posee recursos infinitos, sino que durante estos procesos se desgasta la renovación de los mismos, lo que implica la necesidad de expandir la industria para satisfacer la demanda, y así sucesivamente hasta que las tierras lleguen a perder su capacidad de producción de recursos.

La naturaleza obtiene una presencia tanto visible como anónima; se ha seccionado en mercancías. Pero al terminar de destruir la naturaleza (finita) en favor del capital (en su suposición de ciclo infinito), la humanidad no podrá satisfacer sus necesidades básicas de habitabilidad.

Cicerón. (1999) Sobre la naturaleza de los dioses. Madrid. Gredos.

Alejandro Cristiá Batista  

Es arquitecto con estudios de posgrado en filosofía. Vive en Costa Rica.