La ciudad es el espacio público

Por Alejandro Cristiá Batista 

¿Recuerdan haber pasado por los centros de ciudad cuando todo el confinamiento estaba apenas comenzando? Imposible no prestar atención a las cintas amarillas que abrazaban celosamente los parques y las plazas; las vallas que impedían el paso, o los rótulos de prohibición en los espacios públicos.

     La próxima vez que usted tenga que caminar por la ciudad, deténganse en la esquina de algún local y observe a través de las cuadras. Los vacíos entre los edificios solo dejan ver flujos de transeúntes, de vehículos, en una palabra, movimiento. Como consecuencia de las normas de salubridad, el espacio no llega a ser habitado, sino que se convierte en mero medio de transición. Las vivencias, el tiempo de ocio y de reposo, o la antigua y noble actividad del diálogo, eran auspiciadas por estos espacios ahora condenados. ¡El escenario de la vida urbana! Por ello me aventuro a declarar: la ciudad es el espacio público.

     Las ciudades son los trazos visibles de la civilización, el más grande archivo de la historia. Se han moldeado y evolucionado junto a nuestros movimientos, incentivados por la búsqueda de orden, seguridad y lucha contra la naturaleza. ¿Sería muy apresurado exaltar el espacio público como el constituyente fundamental de nuestras ciudades? Me refiero a los espacios comunes, los que no son propiedad de nadie pero le pertenecen a todos.

     El ser humano se supone libre. El sistema de ciudades precede a nuestra existencia política, es decir, a nuestra ciudadanía, donde civilización y hábitat construido se muestran como homónimos. Rige un acuerdo antes del nacimiento de cada nuevo habitante, por lo que los distintos códigos y reglamentos que brindarían orden en la sociedad encuentran su respaldo en las distintas instituciones (formas de regular), arquitectura y códigos urbanos (símbolos), convirtiendo la ciudad en el legitimador del gran contrato, donde los ciudadanos puedan comportarse –y esperar que otros se comporten– de la misma manera.

     Pero en este sistema aparentemente regulado, ¿los espacios públicos pueden posibilitar cambios sociales no contemplados por el acuerdo previo? De ser así se encuentran en riesgo. El espacio hoy es intervenido según deseos particulares, convirtiendo a cada construcción en un monumento a la voluntad de quien tiene el poder de producirlo, desplazando las prácticas colectivas.

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     ¿Cuántos ponen en duda el sistema en el que transitan, sus patrones y lineamientos? ¿Un centro comercial que se erige según programas preestablecidos podría generar el mismo entorno de identificación interpersonal que las grandes plazas públicas o los antiguos mercados de ciudades? La participación ciudadana como integrante y constituyente de la sociedad no puede llevarse a cabo sin lugares que la posibiliten. Quítennos los espacios de manifestación, los sitios para sentarse, para esperar, ¿qué nos queda? Meras calles y aceras, solo medios que permiten desplazarnos a nuestros destinos, de ratonera en ratonera.

     Una respuesta a las tendencias de individuación ha encontrado refugio en las distintas manifestaciones artísticas, políticas o sociales que piensan las posibilidades espaciales a manera de apropiación. Durante estos procesos el espacio público es tomado por los ciudadanos y lo transforman mediante su interacción directa en medio de su protesta, reacción o reclamo. De esta forma el entorno construido cobra relevancia social en la medida en que es apropiado por los usuarios mediante su participación pública activa, y este a su vez se vuelve el escenario que responde y posibilita dichas prácticas. Se trata de la experiencia directa del espacio por encima de los usos establecidos mediante imposición o el mercado.

     Pero la pandemia no solo despojó a algunos de su salud, también del espacio público, y con este devorado por la prohibición, se arrebata también parte de la identidad social. Al decaer el espacio público se pierde también la ciudad. ¿Y qué queda? Cascarones alimentados por la triste rutina, mientras unos pocos continúan tomando las decisiones.

Alejandro Cristiá Batista  

Es arquitecto con estudios de posgrado en filosofía. Vive en Costa Rica.