Funeral para una juventud intensa
 

Por Héctor Justino Hernández 

Hace poco leía un ensayo de la autora brasileña de novelas infantiles y juveniles Marina Colasanti, en donde afirma que uno de los rasgos principales a tener en cuenta para escribir historias dirigidas a un público joven es que ellos siempre se encuentran en movimiento. Se trasladan de un sitio a otro, cambian, no son siempre los mismos. Los jóvenes están (ya no estoy tan seguro de escribir “estamos”) en un momento de transición. La edad estática y en ocasiones soñada que es la infancia, y el momento de tomar caminos importantes de la adultez se encuentran mediados por la búsqueda de pertenencia, la exploración de nuevos límites, la toma de decisiones y la incomprensión del mundo desde el yo. Estos rasgos quedan de manifiesto quizás con singular encanto en la primera película de Emma Seligman: Shiva Baby (2021).

     La historia del filme se resume en un par de líneas, una estudiante judía se encuentra con su anterior pareja en un funeral, lo que, junto con el intento de ocultarle a sus padres que se dedica a la prostitución, desencadenará una serie de problemas que la llevarán hacia un callejón sin salida. Y aunque en un primer momento podría parecer una rehechura de cualquier película de Woody Allen, sobre todo por el tema judío y la localización neoyorquina de la acción, esto no podría estar más alejado. Porque, si bien existe una clara influencia de Allen, Seligman consigue dotar de un estilo muy particular a la composición y al montaje de su obra. No se trata solamente de las secuencias veloces en las que pasan muchas cosas al mismo tiempo —intercambio de miradas, conversaciones incómodas, accidentes funestos—; sino también la forma en que la cámara y el sonido comienzan a distorsionarse a la par que la psique de la protagonista. El espectador asiste a la debacle del personaje no como un voyerista lejano, sino como un íntimo amigo de la familia.

Fotograma tomado de la película

Fotograma de Shiva Baby 

 

     La juventud se abre camino en la película y se manifiesta en la visión que la protagonista tiene sobre la vida. Una visión rabiosa, plagada de mentiras y ligeramente neurótica. A su vez, la cámara que se instala en espacios cerrados, llenos de gente, fija sus objetivos y se mueve a la par que el personaje principal. Los sonidos, que recuerdan a los utilizados en las cintas de suspense, conducen al quebranto, al punto de inflexión del que no se puede salir indemne.

     Sin embargo, Seligman se aleja de la tragedia que parece sobrevenirse, dotando a la cinta de un humor sutil, haciendo de la juventud un espacio donde la solemnidad no existe. De este modo, montaje e historia se amalgaman mutuamente para producir una sensación de rapidez y movimiento, a pesar (o justo por ello) de que la mayor parte de la acción ocurre en lugares opresivos.

     Existen, además, dos elementos que me parecen relevantes para acercarse a la película: el amor en sus múltiples formas y la incomprensión al enfrentarse con la otredad. En el caso del primero, cabe destacar la relación compleja que la protagonista mantiene con su exnovia. Ambas continúan deseándose y, a pesar de negar su mutua necesidad, terminan cediendo a sus impulsos, a la atracción que existe en ambas. Este amor lésbico pesa como un estigma y es visto por quienes las rodean como una exploración pasajera y no como la posibilidad de una relación sólida. Lo cual se encuentra ligado con la incomprensión de los adultos representados por los amigos de la familia, el amante-contratador de la protagonista, los padres y demás conocidos que se encuentran en las amplias habitaciones de la casa donde se lleva a cabo el funeral. Dicha incomunicación tiene mecanismos complejos que ocultan la verdad, o la hacen pasar a través de un lente distorsionante que la justifica con base en un sistema de valores cerrado. Ambos temas, amor e incomprensión, se complementan, en especial porque quienes les rodean ocultan o restan importancia a una relación que no es menos válida por ser diferente a los estándares heterosexuales.

     Shiva Baby se ajusta a la juventud siempre en movimiento de la que escribe Marina Colasanti y consigue demostrar que la experiencia de sentirse a la deriva ante los otros, de sentirse ajeno en medio de las multitudes, continúa teniendo validez en las nuevas generaciones, sobre todo, entre los individuos que se enfrentan a las exigencias del medio. No importa si las imposiciones de la adolescencia se llevan a cabo en un funeral judío de Nueva York, en una boda en Ciudad de México o durante una ceremonia sintoísta en Tokio, las emociones y los sentimientos que conlleva son igual de intensos y de válidos en cualquier sitio. En ello radica la universalidad de la cinta, en su capacidad de narrar desde la experiencia de la cultura, la experiencia de las juventudes.

 

Héctor Justino Hernández

Narrador y ensayista. Ha publicado Dimorfismo (2019), Drenaje a cielo abierto (de próxima aparición, Poetazos y Sangre ediciones), La máscara de Miguel (Ganadora del X concurso de cuento infantil convocado por el IVEC). Ha aparecido también en revistas como La Palabra y el Hombre, Punto de Partida y Ágora, entre otras.