Entre los brazos del agua

 

Por Tania Acosta Ayala

Salieron de Króbil cuando la guerra acabó con el agua y la comida. Caminaron cuatro noches hasta encontrarse con el circo de Los Cazadores Rojo. El señor Tiago, tu padre, negoció trabajos de herrería a cambio de comida y el viaje a la frontera.

 

     La caravana se detuvo en el centro de Túxi, la taquilla quedó instalada de inmediato. Otra niña se acercó, tu aroma a limón hizo que volteara a verte, notó que eras extranjera por tu estatura. Del interior de la taquilla, Bombilla llamó a tu padre. Levantaste uno de tus brazos de pollo para indicar el área de los juegos mecánicos y la capataza salió de prisa. Aquella niña te dijo que su nombre era Aria y te preguntó de dónde venías. Sacaste de la bolsa de tu pantalón una rama para dibujar en el piso un círculo con dos personas dentro, una era más larga que la otra. Luego trazaste unas huellas. La tuxita preguntó por tu nombre y jalaste la agujeta que colgaba de tu cuello. Te sorprendió que supiera leer el gafete: Lili Garita. Tu papá te pidió que lo acompañaras a soldar el eje de una rueda y Aria los siguió.

 

     Te propuso un juego que no comprendiste, entonces, dibujaste algo, ella sabía que era la frontera. En Túxi decían que la forma más rápida de llegar era por el río, el problema estaba en la corriente. La otra opción era caminar por el desierto. Como no sabías nadar, imaginaste unas alas para llegar volando.

 

     Bombilla distribuyó el pan, media ración para los grandes y un cuarto para los niños. Te apresuraste para ser de las primeras en sacar agua del balde. Llegaste tarde, estaba la nata de residuos de la comida. El olor de los dulces te arrastró a uno de los puestos, tu tartamudeo desesperó a la persona que atendía y te echó. Al llegar al tiro al blanco, un grupo de niños discutía sobre quién era el mejor tirador. Un tal Tortuga alardeó de su habilidad, te sorprendió el respeto que le tenían, inferiste que se debía a su dentadura completa. De la bolsa de su pantalón sacó una resortera, tomó una piedra del piso y la colocó en la banda flexible mientras apuntó hacia uno de los patos metálicos. Cerró su ojo izquierdo, con el otro afinó la vista sobre el objetivo, tensó la liga, detuvo la respiración y juashsssssssss. De inmediato emergió un gigante que escupía fuego y todos huyeron. Atravesaron el centro esquivando mesas, cuerdas y a los pulgosos recostados bajo el sol. Tortuga les comentó que un grupo de extranjeros tenía varios días durmiendo en su casa, habían acordado con Los Cazadores Rojo un intercambio para que los llevaran a la frontera.  

 

     Aria te llevó a su casa. Cuando llegaron, la señora Roti guardaba un par de calcetas y dos suéteres en una bolsa, sin voltear le dijo a su hija que atrancara la puerta de la letrina para evitar que se metieran las gallinas a hacer nido. También trabajarían en la feria y se irían a la frontera. Cuando llegaron al circo, tu papá le explicó cómo aceitar los tornillos oxidados. Después de la jornada, los cuatro descansaron unas horas en la parte trasera de la carpa, no fue necesario el cartón porque el clima era amable.

 

     A las siete de la mañana la feria quedó instalada. A las nueve se reunieron para desayunar. Los Cazadores Rojo lo hacían en su camper, y ustedes con el grupo de migrantes a un costado del camión de carga. Ablandaste el pan con el agua, mientras los escuchaste acordar la ruta hacia la frontera. Tu padre no sabía nadar, pero tuvo que asentir.

 

     Conforme se alejaron de Túxi el agua suscitó disputas. Guardaste algunos de los huesos que encontraste en el camino hasta que la señora Roti te dijo que con los restos humanos no se juega. Durante la tarde recibieron su ración de comida y descansaron algunos minutos debajo del camión.

 

     Después de cuatro noches llegaron a la orilla del río. Tu padre tomó tu mano y se apartaron del alboroto que suscitó el no encontrar a algunos de los migrantes. No alcanzaste a escuchar lo que dijo la tuxita, la corriente era fuerte. Tu papá pidió ayuda para acomodarte por el interior de su playera. No te sueltes, dijo, y avanzaron. El río los abrazó como a las ramas de un árbol de limón.

 

 

 

Tania Acosta Ayala

Psicoanalista y artista visual. Es Doctora en Investigación Psicoanalítica por la Sociedad Psicoanalítica de México (SPM) y Maestra en Artes Visuales por la Escuela de Artes y Diseño de la UNAM. Se ha desempeñado como catedrática a nivel superior y posgrado en instituciones como la Escuela de Artes y Diseño del INBA, la Universidad Iberoamericana y la Universidad del Valle de México. Entre sus exposiciones individuales se encuentra Relieves en la piel. El otro cuerpo en la Galería de la UAM-I. Es cofundadora de la Colección de Arte Zapata Acosta, de Revista Los Contemporáneos y del Centro de Estudios Contemporáneos. Ha codirigido los ciclos FiloLetras y FilosofArte en el IFAL-Casa de Francia, de la Embajada de Francia en México.