El sustento ontológico de la realidad ficcional 
 

Por Luis Guissepe Quispe Palomino

Con mucha ternura se piensa que la ficción es una especie de mentira porque no se parece, en absoluto, a la realidad; no cabe ni la más mínima posibilidad de que las ideas que revolotean en el plano imaginario acontezcan en el plano fáctico. Por eso, se la imagina como una mentira, como aquel artificio irreal que nos sirve para huir de las cuatro paredes del mundo y encerrarnos en lo que nuestra mente ha fabulado.

     Todo pareciera indicar que este enunciado es una gran verdad dado que, a la vuelta de la esquina, nadie se ha encontrado con el cadáver que finalmente se pone de pie, en “Masa”, de Vallejo; ni que pensar de la confesión que le hizo el sol a Watanabe, en “El guardián del hielo”. A esto se suman las opiniones sensitivas de poetas como Octavio Paz en “El arco y la lira”, que muy bien podrían ser verdaderas en su subjetividad, pero no, al menos hoy, para este texto. Lo cierto es que para hablar de ficción no se necesita ser poeta ni narrador ni haber ganado algún concurso literario, sino se requiere haberse adentrado a los campos categóricos, cuyo rigor conceptual nos ofrece una interpretación de lo debiéramos entender por realidad. La ontología es el camino.

     Partamos de un sencillo ejemplo. Si yo digo que 1 + 1 = 2, sé que es verdad porque es una realidad matemática. ¿O acaso podré decir que es una mentira o es irreal porque los números son incorpóreos? Claro que no. Aducimos que toda corporeidad es real, pero no toda realidad es corpórea. Cuando vamos al mercado, no compramos manzanas para preparar una ensalada de kilos, sino de frutas. Entonces, podemos decir que los números, en tanto representaciones abstractas o teóricas, ocupan un lugar verdadero en el plano fáctico, a pesar de tener una visibilización en las cosas y no en sí mismos.

La realidad ficcional

 

     Así sucede que la realidad que conocemos, el mundo ya constituido por herencia, no solo está comprendida por el espacio físico (p. ej. frutas), sino también por el espacio teórico (p. ej. números) y por el espacio interno (p. ej. ficción), los cuales se interrelacionan de tal manera que es imposible concebir un espacio sin los otros: el mundo no está compuesto solo de números, ni solo de frutas, ni solo de ficción. Caer en ese tipo de monismo axiomático no nos conducirá a nada bueno y menos en cuanto a ficción se trata.

     Ahora bien ¿cómo entender la ficción desde esta noción de realidad? Es un tema ya conocido, desde la aparición de la ontología (metafísica) con la escuela de los eleatas, que los entes imaginarios, que son producto de la conjugación de nuestros esquemas mentales, sí pertenecen a la esfera del ser, a pesar de no tener un referente físico. O sea, un unicornio “es”, digamos, porque los colores, las formas y los órganos con que ha sido relacionado también “son”. Hasta allí todo bien. Sin embargo, no será hasta Aristóteles, en su Poética, que la idea de ficción será entendida como aquello que no ha sucedido en la historia oficial: lo imaginario pasa a ser la fábula, la mentira, lo ilusorio.

     Con el tiempo, esta opinión fue canonizada.

     La idea de ficción como mentira —porque es inverosímil— no le satisface a la ontología. Pues creer que un artista es una especie de diosecillo, que produce un material estético a partir de la nada, es una barrabasada gigantesca: Vallejo para escribir “Masa” no creó una guerra civil española. Por eso mismo, no hay que poner el plano ficticio en una dimensión alterna, o entenderlo como una negación; más bien, debemos pensarlo como un complemento, esto es, como una realidad ficcional, por más que ninguna realidad nos sea suficiente.

 

Luis Giussepe Quispe Palomino 

Estudia Derecho en la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO). En 2018, publicó las plaquetas “He aprendido. Cantos de dolor y frustración” y “De un garabato, una escritura; de un ruido una canción”. En 2019, formó parte de la antología literaria “De Laredo para el mundo”. Escribe regularmente en la revista “Taquicardia”. Es fundador y coordinador de la revista “Disicultura”. Prepara una plaqueta de poesía “Plenitud a montón”.