El sueño infinito de Satoshi Kon
 

Por Héctor Justino Hernández 

Hace poco se estrenó en el festival de cine de Cannes, en su edición del 2021, el documental Satoshi Kon, The illusionist, del director francés Pascal Alex Vincent. Una obra más que necesaria porque busca recordar, póstumamente, a uno de los realizadores japoneses más importantes de las últimas décadas. A pesar de que su filmografía se limita a 4 películas, una serie y algunas colaboraciones como guionista, dibujante o productor, consiguió elaborar una visión de mundo irrepetible que, a mi parecer, abrió todo un camino de posibilidades dentro de la animación.

     Quizás hablar del genio de un artista en pleno siglo XXI sea un lugar común, revisitado por los críticos cientos de veces y, en muchas ocasiones, concedido a personajes cuyo más grande mérito radica en alguna extravagancia sin sentido. No obstante, a la hora de abordar el estilo y la obra de Kon es difícil no volver sobre esta idea. En sus películas, el espectador asiste a un carnaval de color que alcanza su cenit en escenas delirantes, a un cuestionamiento sobre los niveles de la realidad y la objetividad de lo que presenciamos, a una desestabilización progresiva de los pactos de verosimilitud que la ficción misma de la película establece. Todo ello enmarcado por un curioso sentido del humor y una armoniosa expresividad onírica. Debido a lo anterior, escribir sobre Kon implica reconocer que, en su genialidad, no está exento de repetir algunos convencionalismos propios de la animación de su país y que, de no ser por la carga muchas veces irónica de los mismos, caería en el lugar común.

Fotograma tomado de la película Paprika

Fotograma tomado de la película Paprika

 

     Sin embargo, Perfect Blue, Millenium Actress, Tokyo Godfather y Paprika son películas que reivindican la animación como un método también válido para contar historias que trasciendan la, en ocasiones, futilidad de un tratamiento poco serio. Satoshi Kon siempre defendió (y en esto tomaba distancia del cine producido en Estudio Ghibli) la animación como un espacio en el que se podían explorar posibilidades más amplias, no solo dirigidas a un público infantil, sino que también fueran objeto de contemplación para un público serio que se encontrara en busca de cuestionamientos distintos, muchas veces de orden filosófico. En este sentido, la tesis que más se presenta en el cine de Kon es la de aquellas eternas cuestiones, planteadas ya por los barrocos españoles y los chinos de la antigüedad: ¿es acaso la vida un sueño?, ¿cuáles son los límites de la realidad?, ¿es que Chuang Tzu es una mariposa que soñó que era Chuang Tzu o es él quien soñó que era una mariposa?

     En sus películas estos cuestionamientos adquieren nuevas dimensiones, sobre todo impulsados por los elementos que la posmodernidad y la animación le brindaron al cineasta. Tal vez sin las herramientas de ambas nociones, no se habría alcanzado el nivel de libertad que alcanzó, no tanto a nivel argumental (siempre pensado a fondo), sino en cuanto a la forma en que se narran y muestran las historias. Me viene a la memoria la persecución hacia el final de Perfect Blue en donde la protagonista va tras su propia imagen y donde solo los espejos revelan la magnitud del peligro. En Paprika, la invasión de la realidad por el mundo de los sueños, que dificulta la investigación de la policía, funciona para romper el acuerdo establecido entre el espectador y la ficción, lo cual consigue abrir preguntas, increparnos para revelarnos la duda sobre nuestra existencia. Por otro lado, en Millenium Actress los cambios en el tiempo, los virajes entre uno y otro momento, marcados por una entrevista que de repente se transforma en otros escenarios, haciendo juegos entre distintos planos narrativos, consiguen armar un juego proustiano que apela a la memoria personal y a su inestabilidad. De último, Tokyo Godfathers, a partir de una historia navideña que podría haber dirigido Ron Howard, muestra lo maravilloso (Carpentier amaría esta película) y lo increíble de la realidad, aquellos sucesos que parecen imposibles, pero tienen una explicación lógica gracias al azar y la coincidencia.

     El cine de Satoshi Kon recurre a la estructura de las historias policíacas para lanzar preguntas que no necesitan ser respondidas. El simple hecho de reflexionar en torno a ellas es más que suficiente, porque en el placer de intentar revelar una certeza se encuentra, no solo el éxito, sino también el encanto que tienen este tipo de narraciones. A lo anterior, se aúna la búsqueda de un cine de animación serio, que no procurara solo el beneficio económico o el relato de vivencias infantiles (lo cual también tiene su encanto), y que retara al espectador, involucrándolo en un juego que, más allá de posibles sentimentalismos, explorara su intelecto y su relación con el mundo que le circunda. Por ello, ilusiones, recuerdos, falsas pistas, barroco, desbordamiento, límites entre lo verdadero y lo ficticio, consistencia de la realidad, trastocamiento del pasado con el presente y una sutil ironía emergen en la obra de un director que, a diez años de su fallecimiento, continúa haciéndonos parte de sus sueños infinitos.

 

Héctor Justino Hernández

Narrador y ensayista. Ha publicado Dimorfismo (2019), Drenaje a cielo abierto (de próxima aparición, Poetazos y Sangre ediciones), La máscara de Miguel (Ganadora del X concurso de cuento infantil convocado por el IVEC). Ha aparecido también en revistas como La Palabra y el Hombre, Punto de Partida y Ágora, entre otras.