Filosofía: el concepto del no concepto

Por Luis Guissepe Quispe Palomino

Suele pasar, con incidencia, que cuando intentamos ofrecer un primer alcance de lo que significa filosofía o hacer filosofía, apelamos a su (incipiente) etimología para otorgarle un valor que yace en la otredad del enunciado. ¿Qué cosa es eso de amor a la sabiduría? Esta idea ejerce tal hegemonía en el intelecto que excluye por completo a la ignorancia: quien es sabio no puede ser ignorante. Es lógico. Sin embargo, ello deviene más en una incongruencia conceptual que en un acierto etimológico, porque ni la sabiduría se alcanza por medio de la filosofía, ni la razón es tan poderosa como para comprenderlo todo.

     Entonces, no podemos avalarnos a una simple terminología para tratar de definir un inconmensurable concepto que está en todas partes. Podríamos cerrar los ojos y, al azar, tomar cualquier manual de consulta. Encontraríamos la filosofía entendida como la ciencia que estudia los problemas fundamentales en torno a la existencia. Pero lo único que tiene de ciencia es su connotación interna. Pues, la filosofía no es un saber sistemático, la Historia de la Filosofía, que es una rama de la Historia, sí. Lo que hace que una ciencia sea ciencia no es simplemente su objeto de estudio, sino que tal objeto se corresponda con el principio de especialidad, esto es, que delimite una porción de la realidad. ¿Qué es eso de problemas fundamentales? ¿Qué es lo en torno a la existencia? Delimita poco si no nada.

La escuela de Atenas de Rafael Sanzio

La Escuela de Atenas de Rafael Sanzio

 

     Un peculiar aforismo, que se ha popularizado con el tiempo, es aquel que dice la filosofía es la madre de todas las ciencias. Pensemos. ¿Por el solo hecho que de un pensamiento filosófico se originen todas las ciencias hace que la filosofía se vuelva ya una ciencia? No lo creo. Es más. Si el pensamiento filosófico da vida a las ciencias, ¿en qué momento la filosofía se volvió una? Habíamos quedado que las ciencias son posteriores a la filosofía. Y esto sí que es cierto: el hombre antiguo filosofó por necesidad existencial, incluso antes de tener un pensamiento meramente racional (p. ej. El Rig Veda). Por tanto, se puede insinuar que ese tipo de pensamiento, que es anterior a todas las ciencias, fue una postura ante la vida, una forma de vida, filosofía como actitud frente a la vida.

     Hasta aquí se puede decir que los tres presupuestos abordados en los parágrafos anteriores carecen de una verdadera conceptualización. Cuando pensamos en filosofía, ¿en qué o en quiénes pensamos? Apuesto que en Sócrates, Platón, Aristóteles. Esto sucede porque jamás hemos diferenciado la representación de la vivencia: compartir un domingo en familia, con la mamá o la abuela, resulta más valioso que cualquier fotografía que tengamos en casa. La representación es la mera idea, un esbozo intelectual, un frío concepto; en cambio, la vivencia es la plenitud de la palabra tener; significa lo que tenemos en nuestro ser psíquico, lo que sentimos y asumimos como real. Ahora bien, no es malo tener fotografías y representaciones, lo malo es no tener vivencias.

     Esta puesta en contacto con el objeto es lo que requiere la filosofía para que los significantes y significados queden de lado, cuando demos prioridad al referente y su posibilidad de tenerlo. Por lo tanto, por filosofía siempre se entenderán o dirán muchas cosas, dado que la definición que se le otorgue responderá a un ejercicio, un hábito, una vivencia. Su concepto nos lo formamos nosotros, en base a nuestra capacidad racional y la subjetividad que gozamos como seres sensibles que somos.

 

Luis Giussepe Quispe Palomino 

Estudia Derecho en la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO). En 2018, publicó las plaquetas “He aprendido. Cantos de dolor y frustración” y “De un garabato, una escritura; de un ruido una canción”. En 2019, formó parte de la antología literaria “De Laredo para el mundo”. Escribe regularmente en la revista “Taquicardia”. Es fundador y coordinador de la revista “Disicultura”. Prepara una plaqueta de poesía “Plenitud a montón”.