El ángel del demonio
(parte I)

 

Por Jacobo Venegas

Niño salvaje, lleno de encanto, salvador de la raza humana,

…chico natural, chico terrible

…con hambre en sus talones y libertad en sus ojos

Jim Morrison (Wild Child)

El siglo XVIII se conoce como el siglo de las luces; el siglo de la ilustración y de la razón como el instrumento más eficaz contra todo tipo de dogmas, misticismo, sensiblería e ignorancia. Este siglo tiene en particular la convicción inexorable en la educación y la legislación como puntas de lanza de una sociedad libre, ordenada y en vías de progreso irrefrenable.

     Todo parece sofisticarse con la idea de la ilustración. La política como la técnica mediante la cual el Estado llegará a cierta perfección y efectividad, y, por otro lado, la sociedad encontraba en la ilustración todo un horizonte y esperanza de ser mejor, más cultos, eruditos, o los más menos, los más pobres, ser parte al menos, de una sociedad que los blindaba con usos y costumbres arcaicos que de alguna manera podía beneficiarlos si se esforzaban lo suficiente por encajar en el sistema que se fundaba.

   

     La luz de la razón parecía anunciar el fin de toda debilidad humana, pues cualquier acto, pensamiento o sentimiento debía estar avalado por la razón, y, si esto sucedía, prácticamente la verdad y el acierto estaban garantizados. Incluso la iglesia experimentó un cambio considerable a causa de las ideas ilustradas, particularmente en Francia e Inglaterra que son los países donde las luces brillaron como singularidad las luces del siglo; y es que algunos curas como era de esperarse, acompañaron las ideas y posturas ilustradas, de manera sobresaliente en política y educación (esto último destacadamente con los jesuitas); salvo en España, donde la iglesia vivía buenos y conservadores momentos, aún con las reformas borbónicas, la iglesia se fue subordinando de buen o mala manera a la estructura de Estado que proponía la ilustración, pues representaba el funcionamiento infalible de una sociedad y un país, al grado de compararse esto con la maquinaria de un reloj. A partir de ese siglo la iglesia dejó de ser la principal aportadora de filosofía y decidió entrarle más a la política pues su poder, alcance y credibilidad social y aristocrático habían decaído. El cura ya no era el personaje más importante de la sociedad, sino lo era el erudito, el ilustrado, el hombre de letras y leyes.

     Al parecer con despojarse del yugo de la superstición, el misticismo, la soteriología y la obediencia incuestionable hacía la iglesia, y darle a la razón la potestad indefectible de la verdad y lo mejor, el pensamiento humano y la humanidad entera solo tenía tres caminos: la felicidad, la igualdad y el avance. Es con estos tres conceptos que se da la gran revolución francesa, con el agravante de querer acabar con la monarquía sin a veces proponérselo del todo. Pero lo cierto es que, con la revolución, la conformación de la república, con sus poderes, sus ejércitos, su patriotismo y sus deberes fue algo que marcó profundamente a Francia.

Arthur Rimbaud

 

 

Nació del infierno

     Con la resaca de lo cuasi fallido de todo lo anterior, es que Vitalie Cuif, campesina de nacimiento y casada con un militar, pare al poeta infernal Jean Nicolas-Arthur Rimbaud en Charleville en el número 12 de la calle Napoleón un 20 de octubre de 1954 (Lalande, 2004, p. 48).

     Arthur Rimbaud es el poeta moderno especial a cualquiera, con calidad literaria imponderable, con una brillante intelectualidad y principalmente, encarnó, escribió y padeció la animadversión que todo el siglo anterior y sus fantasías (hasta la fecha en algunos esperanzada) infravaloraron y en consecuencia socavaron en el espíritu humano, y desde luego, primeramente, en Francia.

     Rimbaud nos enseñó que la poesía podía ser ese tugurio preferido al que nos podemos refugiar desde la mismidad por huir del cautiverio y la castración de espíritu que aqueja la modernidad y sus monstros, como la alienación, los constructos culturales, el chovinismo forzado, el fracaso de la democracia, el salvaje detonamiento industrial, la uniformización tecnológica y la ley económica del más fuerte; pues al parecer no importa ser feliz ni gozoso sino funcionar en el sistema que la hace de realidad. Funcionar como una parte de ese reloj desgastado, costoso e imparable que es la modernidad. Desde luego no se nombraba todo lo anterior de tal manera en aquel siglo XIX del poeta maldito Arthur Rimbaud, pero no por ello quiere decir que no existían, y mejor aún, que el poeta no lo hubiera percibido en su calidad de vidente, en su extraordinaria capacidad de escudriñar el espíritu humano y arrojar el velo de lo que serían los mayores padecimientos del ser. Tanto que dejó este mundo a los 20 años. Es decir, a los 20 años dejó de escribir para irse de esa modernidad que vivía, y que sin lugar a dudas le había dejado placeres, pero más todavía sinsabores y la frustración ya convencional -que caracteriza como brotes temporales de un salpullido- que la modernidad y el progreso dejan.  

     En efecto, Rimbaud abandonó la literatura a los 20 años y se marchó a África, a ser todo, menos aquello que había escupido en su poesía. Nunca dejó la aventura. Nunca dejó que la vida no fuera una épica estética, aun a lo lejos. Sin embargo, existen estudiosos que señalan la poesía rimbaudiana como simple en sus vocablos, conceptos y formas de nombrar, asunto que puede tener algo de cierto. Al respecto, como un atrevimiento personal y sólo de refilón quiero decir que algunos de los poemas rimbaudianos tienen un contenido tan existencial e identitario que a cualquier tipo de vida le dicen algo, le palpitan en su ser; dice Arthur:

     "Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se         abrían, y vinos de todas las clases fluían sin cesar. Una noche senté a la belleza en           mis rodillas. Y la encontré amarga.Y la injurié." (Rimbaud, Una temporada en el               infierno,1995, p. 21)

     

 

     Rimbaud es la subversión, el insurrecto, el endemoniado, el muchacho con un corazón negro y amargo, ebrio, indigente, homosexual, bisexual, que se percató del costal de penas y miserias que la humanidad carga en su necedad de fingir que funcionan al compás del reloj y del orden moderno. Él era un vago, un esperanzado, un comodino aburrido de haber nacido y descubierto un mundo tan desorientado por pretender tener fórmulas para la felicidad sin preguntarse y responderse primero qué demonios es eso. Gozo, ebriedad o mesura y temperanza. ¿La gloria después de la vida o una temporada en infierno? ¿La armoniosa y aparente equilibrada vida social o el desacato total ante la mirada marginal y punitiva de los demás, de los comunes? Esa es la cuestión. La poesía de Arthur castiga y celebra. Él es un ángel del demonio. En la superficie de su palabra del tema de su poesía, está esa parte de la realidad que es tan grande que, aunque se choque con ella no se vé. “La poesía deriva de esos torbellinos” (Soller, 2013, p. 92).

Francoise, Lalande. "La madre de Rimbaud". Funambulista. Madrid, 2014.

 

A. Rimbaud. Una temporada en el infierno. Hiperión. Madrid, 2104

Jacobo Venegas

Nació en la Ciudad de México. Es Licenciado en Creación Literaria, así como Maestro en Humanismo y Cultura por el Instituto Cultural Helénico. Escribe poesía, narrativa y ensayo, así como investigación relacionada con la creación literaria. Publicó: Sangre prestada (1998), ... Y con la misma gente (2008). Obtuvo el tercer lugar en el Concurso de Cuento Erótico "Gonzalo Martré" convocado por la Cofradía de Coyotes con el cuento "Lucrecia", editado en Rincón de cenobitas. Ha participado en Congresos Internacionales en Santo Domingo, República Dominicana, y en Cartagena de Indias, Colombia, con trabajos como "La creación literaria en la música RAP" y "Arte y Creación en Cien años de Soledad".