Dío

Por Tania Acosta Ayala

El matrimonio fue parte de una necesidad. Después de algunos meses de dormir juntos, la noticia del embarazo los animó. El día del parto la madre murió sin conocer a su bebé y Agino no dudó en elegir a Dío como nodriza para la crianza, una joven que trabajó desde siempre en su casa y podía amamantar. La instaló en una habitación cercana a la del recién nacido y, a pesar de la molestia, aceptó que llevara al más pequeño de sus hijos, siempre y cuando reservara la leche para el primogénito del patrón.

 

     Agino esperó los seis meses protocolarios para celebrar la huella del nombre, un festejo familiar parecido al bautizo católico. Durante semanas aleccionó directamente a Dío y le encargó a uno de sus trabajadores que la vigilara en el cumplimiento de los ensayos, sin descuidar sus deberes. El día de la celebración, Dío se soñó buscando a uno de sus hijos en una cueva, el llanto del niño la conducía a un mar negro en el que ella se ahogaba. Despertó agitada, a pesar de la hora no quería dormir, se levantó para ensayar la reverencia. El movimiento era sencillo, el problema era el dolor en sus rodillas. Le habían dicho que en la ceremonia la matrona vertería jugo de remolacha sobre el cuerpo del bebé y pronunciaría el nombre asignado, luego lo limpiaría con leche, lo sacaría del hoyo en la tierra y se lo entregaría a la abuela materna. Posteriormente, los asistentes beberían la mezcla de líquidos y se les serviría la comida.

 

     Dío cerró los ojos y trató de imaginarse el festejo, lo intentó sin resultado, tenía la cabeza atiborrada de cosas intraducibles para ella. Los trabajadores de esa casa la observaron practicar durante meses la dichosa reverencia sin entender porqué la obligaban a participar en ese festejo ajeno. Se burlaban imitando su dificultad para hincarse y la forma en que el patrón la golpeaba cuando le disgustaba alguno de sus movimientos.

 

     La muchacha continuó sus ensayos fuera de la habitación del bebé, la madrugada desapareció con la procesión de personas encargadas de alistar los detalles para el banquete. Escuchó que urgía ayuda en la cocina y le pareció tener tiempo suficiente para ir y regresar, después de algunos pasos sintió piquetes en los pies y ligeros calambres en la cintura.

 

     —Hey, tú, la de la leche, ¿a dónde vas?, ten la cría, échatela al lomo. Te esperan en el patio.

 

     Desobedeció. Avanzó en dirección opuesta a la indicación y, al entrar en la cocina, el vapor le hizo andar entre sombras que picaban la verdura, cortaban la carne y colocaban la manteca en los cazos. El humor se mezcló con las especias y la sangre. Dío se incorporó al grupo que pelaba los ajos y rebanaba la cebolla. Después de un rato, no sabía si el ardor en sus ojos era por el sudor, la cebolla o el sueño. El fogón atrapó su atención. Tomó un cucharón para sazonar los ingredientes y a lo lejos escuchó la voz del patrón preguntando si todo iba en tiempo. La nodriza volteó hacia aquel siseo que activó mecánicamente la reverencia ensayada para el ritual. El bebé resbaló por su espalda hasta el cazo en el que la manteca hervía.

Tania Acosta Ayala

Psicoanalista y artista visual. Es Doctora en Investigación Psicoanalítica por la Sociedad Psicoanalítica de México (SPM) y Maestra en Artes Visuales por la Escuela de Artes y Diseño de la UNAM. Se ha desempeñado como catedrática a nivel superior y posgrado en instituciones como la Escuela de Artes y Diseño del INBA, la Universidad Iberoamericana y la Universidad del Valle de México. Entre sus exposiciones individuales se encuentra Relieves en la piel. El otro cuerpo en la Galería de la UAM-I. Es cofundadora de la Colección de Arte Zapata Acosta, de Revista Los Contemporáneos y del Centro de Estudios Contemporáneos. Ha codirigido los ciclos FiloLetras y FilosofArte en el IFAL-Casa de Francia, de la Embajada de Francia en México.