Cuando todos seamos ignorantes

Por Luis Guissepe Quispe Palomino 

Pensemos un supuesto: un profesor que viaja al campo para visitar a su padre, en su corta estancia, se le pide ayudar con la siembra de espárragos. Él se niega al no saber técnicas de sembrío, a lo que su padre le increpa su inutilidad. “Perdón, pero a mis alumnos no les imparto curso de campesinado”, finiquita el profesor. ¿Ante qué dilema nos vemos expuestos a opinar? Al de los engorrosos e incomprendidos dominios de la ignorancia.

     Dilema porque las academias no solo han dejado un vacío semántico en dicho concepto sino también un indicio de reproche y marginación hacia la cultura popular. Pues, una primera acepción –la más extendida en Perú, por cierto– nos presenta la ignorancia entendida como «el desconocimiento de algo»; inmediatamente, una segunda acepción se hace visible: «carencia de conocimientos o cultura». Quizás estas dos definiciones sean las más incongruentes de todo el diccionario matritense: por solo recoger el repertorio de sus hispanohablantes, mas no desenmarañar el verdadero significado de la palabra.

     Sucede que el presupuesto de «ignorancia como desconocimiento de algo», desde tiempos remotos, no se ha referido a una simple captación sensorial en nuestro itinerario común, sino a una imposibilidad del conocimiento total/absoluto. Así, por ejemplo, tenemos un enunciado protagórico tan incomprendido pero certero: «Acerca de los dioses no puedo opinar por la precaria existencia y la oscuridad del tema». De aquí que la ignorancia no precise el ignorar –digamos– el vuelo de una mosca, por el contrario, invoque un límite al intentar racionalizar la realidad. Quiero decir: así como el Conocimiento rebasa nuestra razón, la ignorancia es un concepto que nos abraza a todos por igual.

     No obstante, ese carácter igualitario que menciono parece discordar con la segunda acepción que nos ofrecen las autoridades.

     Lastimosamente, se confunde la «ignorancia como carencia de conocimiento y cultura» con la especialización en un campo determinado. Volviendo al primer ejemplo, ¿el profesor es ignorante o no? Una falacia podría ser recurrir al grado académico y, frente a este dilema, hacerlo prevalecer: al fin y al cabo, esto es lo que se propone al concebir el conocimiento como instrucción y cultura como pensamiento ilustrado. ¡Vaya barbaridad!

     Con ambos significados (consensuados), la aberración incurre en la praxis. ¿Un profesional que tiene el grado de doctor no puede ser ignorante? ¿Un comerciante que tiene cincuenta años de experiencia laboral es ignorante porque no se dedicó a cultivar el Saber? ¿O sea que si el padre del profesor hubiera estudiado agronomía se habría designorantizado? Dudas y más dudas. Ello ocurre por el mismo error que se comete al creer que desinformación es igual a ignorancia. ¡Craso error!

     Para quienes piensen que sí son sinónimos, déjenme decirles que su idea atenta contra el principio científico de especialidad. Si fueran lo mismo, implicaría que un comerciante al estudiar cualquier carrera dejaría de ser ignorante; pero esto es incorrecto conforme a la premisa «la ignorancia es un concepto que nos abraza a todos». Y es incorrecto porque no hay ninguna ciencia que estudie a la realidad conjunta (si la filosofía fuera ciencia, tampoco lo haría), más bien lo que existen son campos categoriales que estudian solo un fragmento de la misma.

     Pienso que en este dilema aún queda mucho por desenmarañar. Y si escribo esta columna, me aferro a la idea de que el hombre es un ser ignorante pero, sobre todo, con mucho conocimiento.

Luis Giussepe Quispe Palomino 

Estudia Derecho en la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO). En 2018, publicó las plaquetas “He aprendido. Cantos de dolor y frustración” y “De un garabato, una escritura; de un ruido una canción”. En 2019, formó parte de la antología literaria “De Laredo para el mundo”. Escribe regularmente en la revista “Taquicardia”. Es fundador y coordinador de la revista “Disicultura”. Prepara una plaqueta de poesía “Plenitud a montón”.