Cela y sus recelos con el periodismo
 

Por Federico Hernández Aguilar 

Refiriéndose a su compatriota, el sacerdote y literato Benito Feijóo, el influyente académico español don Marcelino Menéndez y Pelayo escribió que no quería “hacerle la afrenta de llamarle periodista, aunque algo tiene de eso en sus peores momentos”.

 

     Curioso resulta el dato, primero porque ilustra cuánta animadversión causaba, en el ámbito de los intelectuales ibéricos del temprano siglo XX, el oficio periodístico —considerado por muchos como la devaluación de la literatura—; pero además porque Menéndez y Pelayo siempre gozó, mientras tuvo vida, de lo que hoy llamaríamos “buena prensa”.

     Lejos estaba don Marcelino de imaginar que el periodismo se convertiría, a fuerza de demostrarlo, ya no sólo en un “poder social” ineludible, capaz de cincelar la cultura, sino en espacio primordial para decidir el fortalecimiento y hasta la permanencia de las democracias en el mundo moderno.

     Mucho más acorde a la importancia que hoy asignamos a la libertad de expresión, el Nobel de Literatura de 1989, Camilo José Cela (1916-2002), decantó su ingenio hacia una mayor comprensión del oficio periodístico sin extenderle concesiones gratuitas. De hecho, auguró éxitos al comunicador que tuviera en cuenta, en su trabajo, doce consejos.

     Así pues, al haberse cumplido, el pasado 17 de enero, 20 años del fallecimiento de Cela, he aquí un extracto de su famoso “Dodecálogo de deberes para periodistas”:

El periodista debe:

I. Decir lo que acontece, no lo que quisiera que aconteciese o lo que imagina que aconteció.

II. Decir la verdad anteponiéndola a cualquier otra consideración y recordando siempre que la mentira no es noticia y, aunque por tal fuere tomada, no es rentable.

III. Ser tan objetivo como un espejo plano; la manipulación y aun la mera visión especular y deliberadamente monstruosa de la imagen o la idea expresada con la palabra cabe no más que a la literatura y jamás al periodismo.

IV. Callar antes que deformar…

V. Ser independiente en su criterio y no entrar en el juego político inmediato.

VI. Aspirar al entendimiento intelectual y no al presentimiento visceral de los sucesos y las situaciones.

VII. Funcionar acorde con su empresa —quiere decirse con la línea editorial— ya que un diario ha de ser una unidad de conducta y de expresión y no una suma de parcialidades; en el supuesto de que la coincidencia de criterios fuera insalvable, ha de buscar trabajo en otro lugar ya que ni la traición (a sí mismo, fingiendo, o a la empresa, mintiendo), ni la conspiración, ni la sublevación, ni el golpe de estado son armas admisibles...

VIII. Resistir toda suerte de presiones, incluidas las de la propia empresa.

IX. Recordar en todo momento que el periodista no es el eje de nada sino el eco de todo.

X. Huir de la voz propia y escribir siempre con la máxima sencillez y corrección posibles y un total respeto a la lengua. Si es ridículo escuchar a un poeta en trance, ¡qué podríamos decir de un periodista inventándose el léxico!

XI. Conservar el más firme y honesto orgullo profesional… No inclinarse ante nadie.

XII. No ensayar la delación, ni dar pábulo a la murmuración ni ejercitar jamás la adulación: al delator se le paga con desprecio; al murmurador se le acaba cayendo la lengua, y al adulador se le premia con una cicatera y despectiva palmadita en la espalda.

     El respeto a la verdad, el sencillo e inmediato homenaje que día a día ha de prestarse a la verdad, debe guiar los pasos del periodista que aspire a representar su papel con dignidad, grandeza y eficacia…

     Cela fue, por cierto, un punzante columnista y desde 1945 mantuvo su membresía en la Asociación de Prensa de Madrid, hasta que en 1952 ya no pudo seguir pagando la cuota y fue expulsado. ¿Hay que decir que la entidad hubo de readmitirle, no sin cierta vergüenza, algunas décadas después?

 

Federico Hernández Aguilar 

Poeta, escritor y periodista salvadoreño.